jueves, 29 de marzo de 2012

Estoy cargando con algo más pesado que yo

Estoy escribiendo esta historia sobre un pedazo de papel. Un arrugado, rígido, frío y roto pedazo de papel. Tal vez lo haga así porque combina perfectamente con lo que traigo en el pecho; no estoy completamente seguro.
La única expectativa que tengo con estas letras, es que pueda terminar de escribirlas antes de que el dolor que tengo en el corazón, no me desgarre la mano con que las estoy escribiendo. Solo eso.

No tengo plena consciencia de qué es lo que duele. Pueden ser estas ganas de tener a quién abrazar sin angustiarme porque se irá al día siguiente, o si es el amor que está asfixiándose en mi pecho buscando desesperadamente una grieta por donde pueda salir. Tampoco sé si mi pesar radica en los amores pasados que dejaron su huella de concreto, y no de arena, como la mayoría acostumbra a hacerlo. No lo sé.

Es agobiante sentir cómo se acelera el pecho  y cómo empieza a incendiarse por dentro. Es angustiante cargar con un dolor que pesa más de lo que soy, que pesa más que la carne y los huesos que conforman mi cuerpo. Aterra entender que no importa qué tan fuerte grite, siempre permaneceré en silencio; o qué tanto intente volar, siempre me quedaré pegado al suelo. Agobia, angustia, aterra, altera, arde, asfixia, pesa y duele, sobre todo duele.

Es ahora cuando me doy cuenta de que mi corazón huele a vacío; a vacío y soledad. Ahora comprendo que está ya muy desgastado, usado y cansado. Es ahora cuando por fin entiendo que no son los demás, es él. Me di cuenta que mi corazón está enfermo y desahuciado, tanto o más que cualquier hombre en etapa terminal.

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